Los nuevos (des) territorios de lucha

El biocapitalismo no piensa irse. Así llamamos a esta forma mutada del capitalismo contemporáneo que se filtra en la producción de bienes y valores por medio de todas las formas de la vida, incluidas las corporalidades. La centralidad del cuerpo como variable económica suplantó aquellos instrumentos de trabajo externos a la corporalidad del antiguo sistema productivo. Hoy, la producción del trabajo trasciende las fronteras de una fábrica. Encontramos la desmesura de la producción de valor en el propio cuerpo. El currículum vitae hace tiempo que resalta condiciones como “asertividad”, “trabajo en equipo”, “manejo de grupos”, “empatía”. El “trabajo intelectual” se ha estandarizado a través de las nuevas tecnologías, al tiempo que el trabajo material y manual ha requerido de su transformación cualitativa, en la adquisición de características que trascienden la tarea en sí. Es necesaria ahora una “publicitación de la entera existencia del individuo” (MORINI).


Los nuevos (des) territorios de lucha, por Lucía Manusovich
Esta obra es de Diego Arrascaeta para #LaPan

El cuerpo, la piel, pasó a ser la herramienta. La industria de la belleza, engranada con las nuevas necesidades del siglo, volvió urgentes refinamientos, tratamientos, coachings, tutoriales sobre cómo ser para pertenecer al mercado de trabajo. Somos parte de una feminización del trabajo, para todos, todas y todes, en una asombrosa escalada de precarización en la que los cuerpos feminizados ocupan, como ha sido desde que se tiene memoria, los lugares de trinchera.

Pero no todos los cuerpos son lo mismo. La ciencia moderna se ha encargado, sistemáticamente, de utilizar como excusa a la naturaleza para justificar las diferencias sociales y culturales entre los sexos y razas, trazando dicotomías exhaustivas y excluyentes (razón / emoción; mente /cuerpo, entre muchas otras) (MAFFÍA). Como el acceso al conocimiento estaba permitido exclusivamente a los hombres, blancos y heterosexuales, la ciencia “neutra”, “objetiva” y “precisa” se hizo a su imagen y semejanza. Así, los negros, las mujeres y los niños, “naturalmente” eran inferiores, y por ese motivo, (no por otro), prevalecían, para los popes de la modernidad, las diferencias sociales.

El feminismo fue ganando terreno ante semejantes aseveraciones de la “ciencia”. En principio, cuestionó la idea de las diferencias, y su lucha tuvo lugar en la búsqueda de la igualdad (la igualdad con respecto a los hombres de la clase de esas mujeres blancas, por supuesto). Pero esta igualdad no suponía una superación de las jerarquías. Las mujeres esperaban tener acceso a los lugares de poder, y para ello demostrarían que podrían ser iguales a los hombres, tan buenos como ellos, sin cuestionar los privilegios de los mismos ante otras tareas feminizadas como las de cuidado o las domésticas.

El feminismo de la diferencia, en cambio, ya en el siglo XX, advirtió que sí hay diferencias entre los sexos, aceptando la sexualización de los roles, pero reforzando la jerarquía en un intento por demostrar que las mujeres eran las que poseían mayores habilidades. El pensamiento queer y el feminismo crítico de los 90 serán quienes cuestionen todo. Las dicotomías modernas, la sexualización y la jerarquización de los términos y comportamientos humanos. Ya no hablaban de un feminismo sino de “los feminismos”.

No obstante, el biocapitalismo y el capitalismo financiero, sostienen sus dinámicas sobre la economía sumergida, que a su vez es llevada adelante por cuerpos, en su mayoría, feminizados. Gran parte del engranaje económico se sostiene gracias a trabajos “invisibles”, como el cuidado de niñes, la limpieza de las casas por horas, el trabajo sexual o prostitución, las remesas que envían las personas migrantes a sus familias en los países de origen, el endeudamiento, el trabajo informal.

La pandemia, como podemos adivinar, sirvió para agudizar las diferencias y llevar, a este grupo vulnerabilizado, directo a la trinchera. Enfermerxs, cuidadorxs, trabajadorxs escenciales para la alimentación, muchxs de ellxs migrantes, son quienes sostienen en primera línea la maquinaria económica, expuestxs al virus algunes y cuando no, (como les educadorxs) con el sistema metido en la cama a través del trabajo remoto.

Se visibilizaron aún más tareas históricas, poco reconocidas, como las docentes, o las llevadas a cabo por las trabajadoras de la limpieza, a través de los vacíos incómodos que quedan producto del confinamiento. Ni hablar de las travestis y mujeres cis que subsistían a partir de changas de venta informal al público o del trabajo sexual / prostitución. Muchas de ellas se encuentran actualmente tomando crédito, endeudándose, para pagar alimentos y una pieza de hotel. Ya en la marcha #niunamenos se reclamaba “libres y desendeudadas nos queremos”, haciendo alusión a el endeudamiento financiero, que en última instancia, perpetúa la precariedad y alimenta a un sistema perverso, que sin este grupo marginalizado no podría solventarse.

Pero no todo está perdido. La vertiginosa aceleración de las tecnologías destinadas a “que la cosa siga funcionando”, no sólo precarizó aún más los empleos a través del teletrabajo, fundiéndolos con la vida cotidiana, las tareas de cuidado y domésticas, sino que también, echó luz a la posibilidad de una nueva forma de organización, sin fronteras (más que las propias referidas al acceso tecnológico).

Las mujeres y cuerpos feminizados han encontrado la forma de unirse para resistir a un presente que se obstina en desarticularles para seguir profundizando la explotación. Se trata de asambleas de mujeres, travestis, trans, hombres y varones trans, no binaries, gays, lesbianas y bisexuales, entre otres que suceden a través de plataformas virtuales como zoom con una convocatoria federal, o incluso de horizontes aún más expandidos. Hablamos de gente que vivencia y cree en la diversidad sexual, funcional, corporal como punto de obstrucción de un sistema que nos necesita perfilades a un ideal inalcanzable de valores mercantilistas, al tiempo que nos requiere intercambiables.

La desterritorialización de la pandemia, no ha logrado arrasar del todo con las cartografías de la lucha. Seguimos conectades. Seguimos pensantes y deseantes, en este mundo donde los sucesos no dan tregua, y donde cualquier vacío será sagazmente disputado. La herramienta, es la desobediencia, el desacato (GAGO y CAVALLERO). Y en tanto sigamos buscando formas de encontrarnos, y de hacer aún más accesible ese encuentro, estaremos dando la batalla.


Lic. Lucía Manusovich

IG soy @lumanusovich

La obra es de Diego Arrascaeta. Su IG: @diego.arrascaeta 



Referencias bibliográficas

Cavallero, L. y Gago, V (2019): Una lectura feminista de la deuda. ¡Vivas, libres y desendeudadas nos queremos!, Buenos Aires: Fundación Rosa Luxemburgo.

Maffía, D. (2008) Contra las dicotomías. Feminismo y epistemología crítica. Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género. Universidad de Buenos Aires.

Morini, Cristina (2014) “Renta, autodeterminación y política del común” en Por amor o a la fuerza. Feminización del trabajo y biopolítica del cuerpo. Madrid: Traficantes de sueños.

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